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¿Cómo se manifiesta la enfermedad y cómo ha afectado el confinamiento a los niños y niñas?

Los estudios de investigación que se han realizado desde el inicio de la pandemia han demostrado que en general los niños y las niñas tienen menos probabilidades de desarrollar una forma grave de la COVID-19, aunque siempre existen casos que se complican o manifestaciones atípicas de la COVID-19. El análisis en profundidad del colectivo pediátrico, contando con suficientes casos y hecho de forma estandarizada, es clave para evaluar las diferencias en la presentación de la enfermedad respecto a los adultos. Entender la razón de estas diferencias puede ayudar a desarrollar tratamientos y estrategias de prevención aplicables a toda la población. 

Aparte de la manifestación de la enfermedad por sí misma, una consecuencia muy relevante de la crisis de la COVID-19 fue el confinamiento domiciliario. Esta medida preventiva que en un principio se tomó para proteger la salud física de los niños y otros colectivos vulnerables, ha tenido también efectos en su salud mental. Durante los meses de confinamiento coincidieron varios factores de estrés que pueden facilitar la aparición de un problema de salud mental. Además, algunos de estos factores han persistido o han reaparecido en los meses posteriores al confinamiento más restrictivo. Cuál ha sido el impacto de estos factores de estrés en la salud mental de los niños y los adolescentes es una pregunta clave que necesitamos responder.

¿Cuáles son las manifestaciones de la COVID-19 y los efectos a medio y largo plazo en niños y niñas?

Las evidencias epidemiológicas y clínicas sobre la COVID-19 sugieren diferencias significativas en la susceptibilidad a la enfermedad y su gravedad entre la población pediátrica y adulta. Además, las niñas y niños afectados suelen presentar formas más leves de la enfermedad o incluso son asintomáticos, aunque hay algunos casos graves. Por lo que se sabe de otras infecciones respiratorias, los niños son un grupo en riesgo de sufrir infecciones respiratorias graves, por eso sorprende la baja afectación de la COVID-19 en edades pediátricas.

Estamos llevando a cabo un gran estudio de seroprevalencia, con un número suficiente de casos y estudiados de manera estandarizada, para caracterizar en detalle la manifestación de la enfermedad, en niños y niñas previamente sanos pero también en aquellos casos con afectaciones crónicas o graves previas. Por un lado, comparando diferentes factores (biomarcadores) entre grupos de pacientes graves y no graves podremos averiguar cómo predecir qué casos desarrollarán la enfermedad de manera más agresiva, y así avanzarnos a las complicaciones de la enfermedad. Por otro lado, podremos estudiar cuáles son los mejores tratamientos para las manifestaciones graves y atípicas, o en niños y niñas con afectaciones previas.

Este estudio también hará un seguimiento de los pacientes en el tiempo para saber cuáles son los efectos a largo plazo de la COVID-19 en niños y niñas, lo que por ahora se desconoce.

Para entender las posibles consecuencias que el confinamiento ha tenido en la salud mental del colectivo pediátrico, hemos realizado el macroproyecto llamado EmCoVID19 en personas sanas así como subproyectos derivados de éste donde se estudia población clínica y que aún están en proceso de recogida de muestra. El proyecto EmCoVID19 ha recogido datos de más de 1.500 niños y jóvenes sanos de entre 4 y 18 años a través de cuestionarios de investigación en línea durante el confinamiento con un seguimiento de hasta 7 meses. Se trata de uno de los estudios pioneros en evaluar si ha aumentado el número de niños y jóvenes que, por las alteraciones emocionales y de conducta que presentan, estarían en riesgo de desarrollar un problema mental, y, entre otros objetivos, busca detectar aquellos grupos con mayor riesgo de desarrollar una enfermedad mental.

¿Qué diferencia a los niños y niñas de los adultos frente a la COVID-19?

Los niños y niñas tienen una microbiota (conjunto de microorganismos que habitan nuestro cuerpo) diferente de la de los adultos, y parece que esto podría ser un factor protector frente a la enfermedad. También se ha visto que tienen niveles diferentes de ACE2, el receptor al que se une el coronavirus para entrar en nuestras células. Del mismo modo, la inmunidad también puede ser un factor que juegue un papel importante en proteger a los niños y niñas frente al coronavirus.

El análisis de las manifestaciones clínicas y del comportamiento de la enfermedad puede ayudar a descubrir si estos factores actúan realmente como protectores frente al coronavirus, y ver si se podrían replicar en la población adulta. Estamos llevando a cabo diversos estudios con gran número de casos para investigar estos factores en niños y adultos. Los resultados obtenidos serán esenciales para entender cómo la COVID-19 se manifiesta en la población pediátrica, y cuáles son las diferencias esenciales con respecto a los adultos.

La información que obtengamos de los estudios que tenemos en marcha será esencial para seguir avanzando en la prevención, diagnóstico y tratamiento de la COVID-19. Entender cómo la COVID-19 afecta a los niños y niñas, puede ser la clave para saber cómo se podría reducir la transmisión o la severidad de la infección en adultos.

¿Qué hemos descubierto hasta ahora con nuestra investigación? (actualizado 22 de enero 2021)

Los investigadores del estudio EmCoVID19 han recogido datos de 1.529 niños y adolescentes para evaluar su riesgo de sufrir una enfermedad mental durante el confinamiento por la COVID-19.

A través de cuestionarios en línea dirigidos a cuidadores de jóvenes de entre 4 y 18 años, los investigadores han analizado si han aumentado los problemas emocionales y de conducta en este colectivo de niños y jóvenes respecto al año anterior. Además, también han evaluado cuáles son los posibles grupos más vulnerables y qué factores son los que mejor pueden predecir la presencia de más alteraciones emocionales y de conducta.

Los resultados muestran que, en la población de niños y jóvenes estudiada, los problemas emocionales y de conducta que podrían aumentar el riesgo de un problema de salud mental se elevaron más del doble durante el confinamiento (del 13% al 34,7 %), siendo los menores de 8 años y medio los que presentan un mayor riesgo de padecerlo. La depresión y la ansiedad fueron los síntomas más prevalentes (64,5%), seguidos de la hiperactividad y el cambio en la conducta (30,8%). Cabe destacar la necesidad de los datos longitudinales para poder afirmar que seguramente son personas con riesgo de desarrollar un problema de salud mental, y también que, por las herramientas utilizadas, sólo es una aproximación, no un diagnóstico.

El estudio también desvela que los factores que mejor predicen la presencia de más alteraciones emocionales y de conducta son diferentes en niños y adolescentes. Por un lado, el estrés y la depresión en los cuidadores son los mejores predictores en niños, mientras que en adolescentes el mejor predictor es su estilo de afrontamiento ante los problemas. Esto sugiere que mejorar el estado mental del cuidador y ayudar a los adolescentes a combatir el estrés enfrentándose al problema son objetivos importantes para prevenir las enfermedades mentales en niños y jóvenes, respectivamente. Estas estrategias deberían ser una prioridad para garantizar la salud mental de los niños en condiciones de gran estrés, como fue el confinamiento por la COVID-19.

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